El bienestar que sentimos cuando nos abrazan, hace que siempre queramos más y que los esperemos ver llegar en aquellos momentos en los que más los necesitamos. O sea, drogarnos, meternos un chute mágico de vida y de cariño que nos haga dibujar más allá de la incertidumbre y del sufrimiento una ventana a través de la que podamos tomar aire fresco y revitalizar el cuerpo y la mente. Están las personas que siempre serán sinónimo de hogar, que abren sus botiquines en cuanto anticipan la herida, que sacan gasas y tiritas por doquier y que no escatiman en calmantes.
Por eso admiramos tanto nuestra capacidad de dar abrazos, porque es una manera increíble de conectarnos, de aunar fuerzas para ganar cualquier batalla y de ayudarnos a sobrellevar lo que viene.
Porque los abrazos cuando son sinceros marcan algo más que sentimientos temporales. Ellos recomponen y sanan heridas de por vida, desdibujan el frío y condensan el calor del amor que hay entre dos personas que se quieren y que siempre estarán dispuestas a adherir sus corazones y a sujetarse ante la vida.
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